viernes, 24 de julio de 2026

¿De qué Color es tu Patria? Una Reflexión sobre la Identidad y el Poder Visual





Me hicieron una pregunta en un encuentro internacional de Filosofia Politica; "Santos Diamantino ¿De qué color es tu patria?"

La verdad me hizo dudar y reflexionando me di cuenta que:
EN TODA NUESTRA HISTORIA FUIMOS GOBERNADOS POR LOGOTIPOS
¿Alguna vez te has detenido a pensar por qué un pedazo de tela o un dibujo digital puede hacerte sentir profundamente orgulloso o, por el contrario, llenarlo de rabia como ocurre a veces cuando les muestras la Wiphala o este simbolo?
No nos engañemos: en Bolivia, la política ya no se debate con ideas hace mucho tiempo; se nos impone por los ojos.
Vivimos en un territorio visualmente fracturado, donde los gobiernos de turno no solo administran nuestros recursos, sino que pretenden administrar nuestra mirada. La reciente transición política en el país ha dejado esto en dolorosa evidencia.
Tras casi dos décadas donde la Chakana andina y la Wiphala dominaron cada rincón del cemento estatal, el nuevo gobierno de Rodrigo Paz barrió de un plumazo esa estética para reinstaurar el Escudo Republicano clásico en ministerios y empresas públicas.
Ante este escenario, es urgente hacernos las preguntas que la comodidad política prefiere esquivar:
¿Es el Escudo Nacional un símbolo de unidad neutral, o se está utilizando hoy como un borrador ideológico para invisibilizar a media Bolivia?
¿Cuándo permitimos que la Wiphala y la flor del Patujú dejaran de ser símbolos de nuestra rica biodiversidad cultural para convertirse en trincheras de una guerra civil estética entre el Oriente y el Occidente?
¿Por qué aceptamos con total naturalidad que cada vez que cambia un gobierno, millones de bolivianos de nuestros impuestos se gasten en repintar paredes, cambiar uniformes y rediseñar páginas web solo para inflar el ego del caudillo o partido de turno?
Entender la iconografía política no es un asunto para intelectuales o críticos de arte; es una necesidad de supervivencia democrática. Los símbolos tienen un poder casi biológico: están diseñados para saltarse nuestro cerebro racional y activar directamente nuestras emociones más primitivas.
Nos hacen odiar al vecino que lleva una bandera distinta antes de que podamos escuchar sus razones.
Cuando un partido político logra que adoptes sus colores como si fueran tu propia piel, ha ganado la batalla definitiva. Ya no necesitas fiscalizar su gestión, ni exigirle transparencia, ni indignarte por su corrupción; lo defenderás ciegamente porque atacar a ese símbolo es atacarte a ti mismo, que eso pasa en todas las gestiones.
¿Somos ciudadanos con pensamiento crítico o simplemente ganado marcado con el hierro del partido de moda?
La próxima vez que veas un logotipo estatal, una bandera en una marcha o una sigla pintada en un cerro de nuestra geografía, no mire el diseño. Mire el anzuelo. Si no empezamos a cuestionar las imágenes que consumimos, seguiremos siendo títeres de un teatro político que cambia de vestuario, pero que mantiene siempre el mismo guion de división.
¿Qué opinan cuates y cuatachas?

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