¿Plurinacionalidad o pantalla idílica? El katarismo como herida abierta
Por Santos Diamantino
Revisar lo que uno escribió hace diez o quince años produce vértigo. Releer mis propios textos, redactados entre 2010 y 2016 en pleno auge del optimismo estatal, no es un ejercicio de nostalgia; es un golpe de realidad. En aquel entonces, nos dijeron que el Estado Plurinacional era la llegada definitiva a la tierra prometida de la descolonización. Hoy, 13 de junio de 2026, la realidad nos ha despertado de ese letargo. Decidí desenterrar y reeditar estas palabras porque, al mirarlas a la luz del presente, descubro con rabia y lucidez que los diagnósticos no han caducado: lo que el poder vendió como una revolución concluida fue solo un excelente trabajo de maquillaje. No se puede celebrar una inclusión que solo existe en el papel y en los desfiles oficiales mientras las mismas estructuras coloniales, el racismo cotidiano y la exclusión económica siguen rigiendo nuestras vidas. Este trabajo vuelve a la luz pública porque el silencio es cómplice, y porque la historia no se ha cerrado.
El Estado Plurinacional de Bolivia opera hoy como una pantalla idílica y un simulacro político que maquilla la persistencia del racismo con retórica descolonizadora y folclore institucional, convirtiendo la dignidad indígena en mera propaganda de gobierno. Lejos de ser un capítulo cerrado en los manuales de historia, el katarismo permanece como una herida abierta que desmitifica este relato oficial. Desnuda una colonialidad interna que sigue intacta y nos recuerda, en carne propia, que la verdadera emancipación estructural es una deuda histórica postergada por quienes detentan el poder.
No vengo a hablarles de un pasado muerto, sino de una llaga que sigue sangrando. El katarismo no es un mito folclórico ni una nota al pie de página: es la memoria viva de un pueblo que transformó la discriminación en teoría política insurgente. Frente a la tramoya oficial, pienso que este trabajo es una provocación obligatoria para hacernos la pregunta que el poder esquiva:
¿Estamos viviendo una transformación real o somos extras en una puesta en escena que maquilla las viejas desigualdades de siempre?
Considero que el katarismo incomoda porque demuestra que la política boliviana nunca fue neutral; siempre fue, y sigue siendo, un campo de batalla entre el silencio impuesto y el grito de la existencia.
Para leer este texto considero importante tres ejes:
El sujeto político indígena: mutación histórica del "indio" marginado al intelectual insurgente.
La contradicción estatal: asimetría estructural entre la inclusión discursiva y la exclusión fáctica.
El legado incómodo: el katarismo como espejo crítico que desnuda las promesas incumplidas de la plurinacionalidad.
Para terminar, este trabajo no se lee para buscar consensos ni para arrancar aplausos; se lee para incomodarse. Les invito a comentarlo, a cuestionarlo y a destrozarlo si es necesario a través de la discusión, porque el katarismo no pide reverencias: exige reflexión crítica.
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