martes, 4 de agosto de 2026

¿Desmantelar la identidad? La alarmante miopía de NO querer invertir en un Ministerio de Culturas en plena crisis



Por: Santos Diamantino

04 de agostos de 2026


Existe un sector político y civil en Bolivia que, en momentos de crisis económica o reestructuración estatal, suele lanzar una frase tan lapidaria como miope: “LA CULTURA NO DA DE COMER; EL MINISTERIO DE CULTURAS ES UN GASTO INNECESARIO”. Reducir la gestión cultural a una dirección o un viceministerio subordinado a carteras como Educación o Economía no es un simple ahorro presupuestario; es un acto de amnesia institucional y una renuncia explícita a gestionar los conflictos más profundos de nuestra identidad.

En una nación cruzada por una profunda diversidad étnica e históricas asimetrías sociales, UN MINISTERIO CON RANGO PROPIO EN EL ÓRGANO EJECUTIVO NO ES UN ADORNO FOLCLÓRICO. Es el órgano rector indispensable para garantizar peso político, presupuesto independiente y capacidad de negociación directa al más alto nivel.

Como sociedad, esto nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda que quema en el debate público:

¿Puede Bolivia sostener un Estado Plurinacional pacífico, cohesionado y económicamente sostenible si desmantela el único escudo institucional diseñado para mediar los conflictos étnicos, proteger el patrimonio frente al extractivismo y dignificar las identidades históricamente oprimidas?

Para responder a este interrogante, debemos despojarnos de la mirada idílica de la cultura como un simple "espectáculo de bailes" y analizarla desde la antropología social: como una arena viva donde la economía de supervivencia, la legislación y la memoria colectiva chocan de frente.

Ejemplo: El colapso del Cerro Rico de Potosí

El dilema de la Ciudad de Potosí (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1987) responde directamente a nuestra pregunta crucial. Considerado el mayor complejo industrial del siglo XVI, su declaratoria abarca la Casa de la Moneda, las iglesias barrocas, las lagunas coloniales y, en su corazón, el Sumaj Orcko (Cerro Rico), símbolo de nuestra identidad plasmado en el escudo nacional.

Sin embargo, el cerro padece una contradicción estructural: su mayor riqueza histórica es hoy su principal condena. Desde 2014, Potosí ingresó en la Lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro debido al riesgo inminente de degradación geomorfológica y los severos hundimientos en su cima.

Aquí el problema trasciende lo geológico. La preservación de la piedra colisiona frontalmente con una economía de subsistencia fuertemente arraigada. Miles de familias organizadas en cooperativas mineras ejercen un notable poder político y defienden su derecho al trabajo basándose en una tradición minera de siglos. A pesar de que el Decreto Supremo 27787 prohíbe las operaciones por encima de la cota 4,400 para proteger la cúspide, la fiscalización y reubicación efectiva de los mineros artesanales sigue siendo un desafío institucional crítico.

Los proyectos de mitigación, como el relleno técnico con mezclas de cemento y poliuretano, funcionan como paliativos temporales sobre un patrimonio que se desmorona debido a la incesante actividad de los socavones internos. Sin un Ministerio de Culturas con rango y peso político propio para negociar con el sector minero y la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) bajo el paraguas de la Ley N° 530 del Patrimonio Cultural Boliviano, la solución técnica es inviable. Destruir la institucionalidad cultural es condenar a Potosí a perder su historia a manos de la necesidad económica urgente.

Otro ejemplo Tiwanaku

A unos 400 kilómetros de la crisis potosina, el Centro Espiritual y Político de la Cultura Tiwanaku (Patrimonio UNESCO desde el 2000) nos muestra la otra cara de la moneda: un giro metodológico y político fundamental en la gestión del patrimonio material en Bolivia.

Durante el siglo XX, Tiwanaku operó bajo una lógica extractivista tradicional: arqueólogos urbanos o extranjeros excavaban el sitio, trasladaban los bienes muebles a museos centralizados y relegaban a las poblaciones locales a ser mera mano de obra barata. El advenimiento del Estado Plurinacional transformó esta dinámica mediante un modelo de gestión participativa y comunitaria:

  • Institucionalidad Compartida: La administración del sitio recae en el Centro de Investigaciones Arqueológicas, Antropológicas y Administración de Tiwanaku (CIAAAT).

  • Gobernanza Horizontal: El directorio del CIAAAT estaba compuesto de forma tripartita por el Ministerio de Culturas, el Gobierno Autónomo Municipal de Tiwanaku y las 23 comunidades originarias de la región, articuladas bajo el Consejo de Ayllus y Comunidades Originarias de Tiwanaku.

  • Redistribución del Excedente: Los ingresos económicos generados por la taquilla turística se reinvierten directamente en las comunidades para financiar proyectos de desarrollo local, salud, educación e infraestructura.

Este modelo logra que el patrimonio material deje de percibirse como una imposición o restricción estatal, transformándose en un motor de desarrollo socioeconómico regional y un baluarte de orgullo identitario. Tiwanaku demuestra que la cultura sí da de comer cuando se gestiona con un enfoque descolonizador.

Ahora, una reflexión sobre el Patrimonio Inmaterial como trinchera social

Finalmente, la pregunta crucial se responde en las calles. Al amparo de la Ley N° 530, las manifestaciones inmateriales son catalogadas en Bolivia como propiedad colectiva, de carácter inalienable, inembargable e imprescriptible. Estas expresiones no son adornos de calendario; constituyen el tejido social vivo que evita que un país con múltiples tensiones geográficas e identitarias se fragmente de forma violenta.

Bolivia se consolida como una potencia global en la salvaguardia de sus tradiciones, acumulando importantes reconocimientos oficiales en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO:

  • El Carnaval de Oruro (2008): Una síntesis viva de devoción católica, sincretismo andino y memoria histórica dancística.

  • La Cosmovisión Andina de los Kallawayas (2008): Saberes médicos ancestrales y farmacopea botánica en la provincia Bautista Saavedra.

  • Músicas y Danzas de la Cultura Yampara: El Pujllay y el Ayarichi (2014): Expresiones de Chuquisaca ligadas al ciclo agrícola y la conmemoración de los antepasados.

  • Recorridos Rituales en La Paz durante la Alasita (2017): La miniatura y la fe en el Ekeko como un sistema de intercambio social basado en la reciprocidad.

  • Festividad del Señor Jesús del Gran Poder (2019): Expresión folclórica que visibiliza el ascenso económico y político del mestizaje aimara urbano paceño.

  • Fiesta Grande de Tarija (2021) y los Ch'utillos de Potosí: Manifestaciones religiosas y dancísticas que cohesionan el tejido social de las regiones del sur y del altiplano.

  • Ichapekene Piesta (San Ignacio de Moxos): Celebración sincrética de las tierras bajas (Beni) que salvaguarda la memoria indígena moxeña.

Para operar de manera técnica frente a riesgos como la mercantilización, el plagio internacional o la distorsión ritual, el Ministerio tendría la misión de aplicar el Manual para la Elaboración del Plan de Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial, estructurado en tres fases metodológicas estrictas: Registro, Inventario y Catalogación, pero bueno no sé eso en que queda al final

Como ciudadanos de a pie, nos toca sentarnos a debatir sobre el país que estamos construyendo. Les propongo tres preguntas cruciales que no admiten respuestas fáciles:

  1. ¿Qué pesa más en la balanza de nuestra moral colectiva? Si de ti dependiera la decisión, ¿qué salvarías primero: la silueta histórica del Cerro Rico de Potosí para cumplir con los estándares internacionales de la UNESCO, o el pan de cada día de las miles de familias mineras que trabajan en sus socavones?

  2. Cuando vemos una danza boliviana en un escenario internacional o radicalmente modificada por la juventud en el Gran Poder, ¿estamos presenciando la "pérdida de la tradición" o estamos viendo al patrimonio inmaterial respirando, mutando y manteniéndose vivo en el presente?

  3. Si el modelo de co-gestión comunitaria de Tiwanaku funciona con tanto éxito para frenar el saqueo arqueológico y generar ingresos locales, ¿por qué el Estado y los gobiernos locales tardan tanto en replicar esta misma fórmula en el resto de los sitios patrimoniales del país?

No todo es criticar qué tal estas propuestas

El patrimonio no se defiende solo con discursos ni con la clausura de oficinas. Exige políticas públicas aterrizadas, sensibles y valientes que el Ministerio de Culturas debe liderar:

  • En lugar de estigmatizar al minero cooperativista como el "destructor" del patrimonio de Potosí, se le debe integrar como el protagonista de circuitos turísticos vivenciales y culturales controlados. Es urgente que las cooperativas diversifiquen sus ingresos mostrando la enorme riqueza inmaterial del subsuelo (el culto al Tío, los rituales de interior mina), disminuyendo la necesidad de perforar agresivamente las zonas críticas de la cima.

  • Implementar un fondo estatal financiado por regalías mineras e impuestos turísticos, destinado exclusivamente a capacitar y financiar nuevos emprendimientos sustentables (artesanía, servicios, gastronomía local) para los mineros que acepten abandonar la cota 4,400. No se puede exigir el cumplimiento de la ley sin poner alternativas reales sobre la mesa de los hogares potosinos.

  • Crear comités de salvaguardia de carácter tripartito donde los dirigentes sociales locales, los municipios y el Ministerio de Culturas tengan voz y voto por igual. Cuando las bases sociales se vuelven guardianas de su propia historia porque ven un beneficio tangible en ello, el patrimonio sobrevive de forma orgánica.

Algunas ideas finales

El contraste entre Potosí y Tiwanaku nos ofrece una lección institucional fundamental: las sociedades humanas no pueden proteger su pasado si el costo de dicha protección es condenar su presente material. Mientras Tiwanaku representa el éxito de la descolonización patrimonial (donde el monumento arqueológico genera desarrollo directo para sus descendientes legítimos), Potosí expone las profundas contradicciones de una herencia colonial extractivista que sigue operando como el único sustento económico de su población.

Prescindir de un Ministerio de Culturas en Bolivia es una miopía política de consecuencias críticas. En un territorio históricamente fragmentado por tensiones geográficas y heridas coloniales, esta cartera no es un lujo burocrático de tiempos de bonanza. Es la trinchera institucional indispensable encargada de garantizar que el pasado patrimonial y el presente material de los bolivianos puedan coexistir sin destruirse mutuamente.

Bueno es una pequeña reflexión amigos y amigas, sobre la cultura en nuestro país.

¿Qué opinan?


sábado, 1 de agosto de 2026

¿Héroes de la democracia o carne de cañón?: La gran traición política al mundo indígena en 1980


 

Opinando cuates y cuatachas:

Cuando pensamos en el año 1980 en Bolivia, a la mayoría se nos viene a la mente el miedo, los tanques en las calles y el violento golpe de Estado de Luis García Meza. Es normal, fue una época muy oscura. Pero detrás de las balas y las noticias tristes de ese año, pasó algo increíble que la historia oficial a veces olvida: fue el momento en que nuestros abuelitos y líderes indígenas del campo dijeron "¡Basta!" y decidieron que ya no necesitaban que nadie hablara por ellos.
Para entenderlo fácil, en junio de ese año la gente fue a votar con la esperanza de dejar atrás las dictaduras militares. Las elecciones las ganó la izquierda, pero la verdadera sorpresa ocurrió en el campo. Por primera vez, aparecieron partidos políticos creados, dirigidos y votados por los mismos indígenas y campesinos (los llamados partidos kataristas e indianistas).
NO ganaron la presidencia, pero lograron meter a sus primeros diputados propios al Congreso. Fue un golpe sobre la mesa: el voto indígena ya no era un juguete de los políticos tradicionales; ahora tenía voz propia.
Lamentablemente, la alegría duró poco. Apenas 18 días después de las elecciones, los militares más duros dieron un golpe de Estado violento para frenar la democracia. Entraron a tiros a las sedes de los trabajadores y persiguieron a los líderes sociales. Querían meter miedo para que nadie protestara.
Pero aquí es donde la historia se pone heroica gracias a un hombre del altiplano: Genaro Flores Santos. Él era el máximo dirigente de los campesinos. El día del golpe, se salvó de milagro de ser capturado porque salió un momento a hacer una llamada. Al ver que casi todos los líderes del país estaban presos o escondidos, Genaro no se escapó. Tomó el mando de la Central Obrera Boliviana (COB) desde la clandestinidad.
Esto fue algo histórico: por primera vez en la vida de Bolivia, un líder netamente indígena y del campo se convertía en el jefe de todos los trabajadores del país.
Desde las sombras, escondiéndose en casas y comunidades, Genaro Flores organizó los bloqueos de caminos y las huelgas que terminaron asfixiando a la dictadura. Le costó caro; al año siguiente los paramilitares lo emboscaron y lo dejaron en silla de ruedas para siempre por defender la libertad.
Al final, la dictadura no aguantó la presión del pueblo y tuvo que caer, permitiendo que la democracia volviera en 1982. Por eso, recordar 1980 no debe ser solo recordar tristezas. Fue el año en que el movimiento indígena boliviano demostró que tenía la madurez, el valor y la fuerza para liderar a todo un país. Sin el sacrificio de esa gente en 1980, Bolivia hoy no sería el país plurinacional.
Aunque Genaro Flores salvó las papas quemadas dirigiendo la COB en la clandestinidad durante el golpe, en cuanto la democracia volvió en 1982, los sectores mineros tradicionales y los políticos intelectuales de izquierda volvieron a arrinconar al movimiento indígena. Lo usaron de carne de cañón para bloquear caminos, pero a la hora de repartir el poder real en el gobierno de la UDP, los dejaron fuera.
El mundo indígena tampoco era un bloque unido y angelical. La división entre el MITKA de Luciano Tapia y el MITKA-1 de Constantino Lima en las elecciones de 1980 demostró que el canibalismo político y las peleas de egos también calaron hondo en el katarismo, fragmentando un voto que pudo haber sido histórico.
Al final, Luciano Tapia y Constantino Lima entraron al Congreso con sus ponchos, sí, pero la estructura del Parlamento colonial no cambió ni un milímetro. Fueron aplaudidos como "la novedad", pero aislados políticamente. Sus proyectos de ley fueron ignorados y el poder económico siguió en las mismas manos de siempre.
Seamos francos: en 1980 los campesinos e indígenas pusieron el pecho a las balas y los bloqueos para recuperar la democracia... pero a la hora de la verdad, ¿el poder político real cambió de manos o los partidos tradicionales solo usaron el poncho y el katarismo como un disfraz para seguir manejando el país entre los mismos de siempre?
Qué opinan cuates y cuatachas.
Saludos.
Santod Dtno.
1 de julio del 2026

viernes, 31 de julio de 2026

Origen y evolución de la izquierda: El Partido Obrero Revolucionario en la historia política de Bolivia (1935-1952)

 


El enigma del 52: ¿Por qué la izquierda marxista le regaló la revolución al MNR?
La historia oficial de Bolivia suele mitificar la Revolución de 1952, pero rara vez escarba en las contradicciones de quienes debieron liderarla. Tras el trauma de la Guerra del Chaco y el colapso del viejo orden minero-feudal, los cimientos del país crujieron. En ese escenario de cenizas ideológicas germinó una fuerza radical que prometía cambiarlo todo.
Una rigurosa investigación histórica de la UMSA, firmada por Susana Bacherer Debreczeni, desentierra este periodo crítico (1935-1952) para plantear una tesis tan incómoda como necesaria: ¿cómo es posible que los partidos marxistas, poseedores de la teoría y la vanguardia obrera, terminaran cediendo el poder histórico en bandeja de plata al nacionalismo burgués del MNR?
Aunque el mapa político de la época vio nacer a actores como el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR) y el Partido Comunista (PCB), el estudio apunta sus reflectores al ala más radical y programática del periodo: el Partido Obrero Revolucionario (POR), fundado en 1935.
El trabajo de Bacherer no es una simple cronología; es una autopsia política a los dogmas, los aciertos y, sobre todo, a las limitaciones tácticas de una izquierda que dinamitó el orden oligárquico pero careció de la audacia o la madurez para tomar las riendas del Estado. Una lectura indispensable para entender por qué la revolución boliviana terminó siendo nacionalista y no socialista.

"Este recurso ha sido creado con mucho esfuerzo para que todos podamos beneficiarnos gratuitamente. Por favor, evita lucrar con el trabajo ajeno o redistribuirlo como propio; al hacerlo, pones en riesgo que sigamos compartiendo material de valor para la comunidad."

miércoles, 29 de julio de 2026

Saturación profesional: Títulos devaluados, sueldos mu bajos y el aval político como único empleo



Por Santos Diamantino

29/07/2026

Caminar hoy por El Prado, la Perez Velasco, la Plaza Eguino, o ver a gente por los cafés de Sopocachi no es solo cruzarse con una marea de jóvenes con currículum en sus manos; es presenciar el naufragio colectivo de una generación entera. La Paz se ha convertido, sin matices, en el epicentro y la viva imagen del desempleo profesional en Bolivia. En esta ciudad, el título universitario mutó de promesa de ascenso a una dolorosa condena de subempleo. Vivimos en una olla a presión donde miles de licenciados mendigan estabilidad en un mercado privado diminuto, canibalizándose entre sí en una humillante subasta a la baja donde siempre gana el empleador que ofrece menos.

El panorama es todavía más devastador y cruel para quienes optaron por las ciencias humanas, las ciencias sociales o la comunicación. Para ellos, el mercado laboral paceño es un desierto absoluto. Ramas enteras del conocimiento han sido borradas de la estructura productiva de las empresas privadas, reduciendo el horizonte de filósofos, sociólogos, historiadores o literatos a un único y saturado refugio: la docencia. Quien no logra acumular unas cuantas horas de cátedra mal pagadas en colegios o universidades, queda flotando en el limbo de la nada laboral, obligando a mentes brillantes a enterrar sus vocaciones para subsistir en el comercio informal o el transporte por aplicación.

Por otro lado, la mítica salida de la administración pública en la sede de gobierno se ha transformado en una maquinaria de humillación meritocrática. La verdad que todos callan en las aulas de Derecho, Economía o Ciencias Políticas es lapidaria: si no tienes un aval político, un padrino partidario o una militancia activa, no existes para el mercado estatal. El conocimiento técnico, el promedio académico y los años de quema de pestañas se arrodillan ante el amigo del partido. La Paz ha institucionalizado que para asegurar un escritorio en un ministerio o una entidad pública, pesa más la obediencia política que la competencia profesional. 

El talento sin padrino es un estorbo.

Esta asfixia generalizada ocurre en un contexto económico asolado por la escasez de divisas y una galopante inflación que pulveriza cualquier ingreso. Aunque mediante el D. S. Nº5516 el gobierno haya fijado el Salario Mínimo Nacional 3300 Bs., la realidad es que el sector privado formal responde congelando contrataciones o camuflando puestos profesionales bajo figuras de “consultorías externas” o pasantías eternas para evadir cargas sociales. Las pocas ofertas reales exigen maestrías, doctorados, idiomas y disponibilidad absoluta, además del tiempo mínimo de 5 años de experiencia laboral y todo por montos que insultan la dignidad humana, sabiendo que detrás del postulante que rechace la miseria hay una fila de cien desesperados dispuestos a aceptarla por cualquier pago.

La Paz no puede seguir sobreviviendo bajo el mito de ser el centro administrativo del país cuando en la práctica es la capital del desempleo ilustrado. Estamos expulsando a nuestra juventud más calificada hacia otros Departamentos o fuera de las fronteras, mientras los que se quedan se ven forzados a elegir entre la docencia de subsistencia, el subempleo informal o la degradación de rogar por un aval político para poder ejercer su profesión. Si la academia, las corporaciones y la clase política no frenan este desprecio por el intelecto, la sede de gobierno terminará habitada únicamente por la frustración de quienes creyeron que estudiar los haría libres, solo para descubrir que en La Paz, el conocimiento cotiza a precio de saldo.

 

viernes, 24 de julio de 2026

¿De qué Color es tu Patria? Una Reflexión sobre la Identidad y el Poder Visual





Me hicieron una pregunta en un encuentro internacional de Filosofia Politica; "Santos Diamantino ¿De qué color es tu patria?"

La verdad me hizo dudar y reflexionando me di cuenta que:
EN TODA NUESTRA HISTORIA FUIMOS GOBERNADOS POR LOGOTIPOS
¿Alguna vez te has detenido a pensar por qué un pedazo de tela o un dibujo digital puede hacerte sentir profundamente orgulloso o, por el contrario, llenarlo de rabia como ocurre a veces cuando les muestras la Wiphala o este simbolo?
No nos engañemos: en Bolivia, la política ya no se debate con ideas hace mucho tiempo; se nos impone por los ojos.
Vivimos en un territorio visualmente fracturado, donde los gobiernos de turno no solo administran nuestros recursos, sino que pretenden administrar nuestra mirada. La reciente transición política en el país ha dejado esto en dolorosa evidencia.
Tras casi dos décadas donde la Chakana andina y la Wiphala dominaron cada rincón del cemento estatal, el nuevo gobierno de Rodrigo Paz barrió de un plumazo esa estética para reinstaurar el Escudo Republicano clásico en ministerios y empresas públicas.
Ante este escenario, es urgente hacernos las preguntas que la comodidad política prefiere esquivar:
¿Es el Escudo Nacional un símbolo de unidad neutral, o se está utilizando hoy como un borrador ideológico para invisibilizar a media Bolivia?
¿Cuándo permitimos que la Wiphala y la flor del Patujú dejaran de ser símbolos de nuestra rica biodiversidad cultural para convertirse en trincheras de una guerra civil estética entre el Oriente y el Occidente?
¿Por qué aceptamos con total naturalidad que cada vez que cambia un gobierno, millones de bolivianos de nuestros impuestos se gasten en repintar paredes, cambiar uniformes y rediseñar páginas web solo para inflar el ego del caudillo o partido de turno?
Entender la iconografía política no es un asunto para intelectuales o críticos de arte; es una necesidad de supervivencia democrática. Los símbolos tienen un poder casi biológico: están diseñados para saltarse nuestro cerebro racional y activar directamente nuestras emociones más primitivas.
Nos hacen odiar al vecino que lleva una bandera distinta antes de que podamos escuchar sus razones.
Cuando un partido político logra que adoptes sus colores como si fueran tu propia piel, ha ganado la batalla definitiva. Ya no necesitas fiscalizar su gestión, ni exigirle transparencia, ni indignarte por su corrupción; lo defenderás ciegamente porque atacar a ese símbolo es atacarte a ti mismo, que eso pasa en todas las gestiones.
¿Somos ciudadanos con pensamiento crítico o simplemente ganado marcado con el hierro del partido de moda?
La próxima vez que veas un logotipo estatal, una bandera en una marcha o una sigla pintada en un cerro de nuestra geografía, no mire el diseño. Mire el anzuelo. Si no empezamos a cuestionar las imágenes que consumimos, seguiremos siendo títeres de un teatro político que cambia de vestuario, pero que mantiene siempre el mismo guion de división.
¿Qué opinan cuates y cuatachas?

jueves, 23 de julio de 2026

El Espejismo de la Fragmentación: Una Reflexión Antropológico-Política


¿Es posible construir un país cuando quienes deben gobernarnos se alimentan de nuestra división? ¿En qué momento permitimos que la riqueza de nuestras 36 naciones se transformara en una barrera de desconfianza? ¿Puede sobrevivir un Estado Plurinacional si el campo y la ciudad dejan de hablarse?

La antropología política nos enseña que el poder no solo se ejerce a través de leyes, sino también mediante la manipulación de los símbolos, la identidad y la cultura. Bolivia dio un paso histórico al reconocerse como un Estado Plurinacional, un diseño institucional pensado para sanar heridas coloniales y otorgar dignidad a las identidades aymara, quechua y a las 36 lenguas y culturas que habitan nuestro territorio. El espíritu originario de lo plurinacional no era aislar a las culturas en parcelas rígidas, sino tejer una convivencia armónica basada en el respeto mutuo.
Sin embargo, la realidad actual nos muestra una preocupante paradoja: la diversidad está siendo utilizada como un arma de polarización. Desde una perspectiva antropológica, observamos cómo ciertos actores que viven de la función pública —una burocracia que se beneficia del conflicto— instrumentalizan las identidades para crear falsos enemigos. Al instalar narrativas de odio y resentimiento, estos sujetos transforman la legítima diferencia cultural en una trinchera política. El resultado es la pérdida del respeto colectivo y una fractura social donde los ciudadanos terminan enfrentados entre sí, mientras las cúpulas de poder aseguran su vigencia económica y política.
El verdadero desafío de la plurinacionalidad no es la separación, sino la relacionalidad. La ciudad y el campo no son mundos opuestos ni irreconciliables; son realidades interdependientes que se complementan económica, social y culturalmente. Forzar un divorcio entre el entorno urbano y el rural es amputar la identidad viva de Bolivia. Para frenar la degradación de nuestra convivencia, es urgente desmontar el discurso de quienes lucran con la discordia y reactivar un diálogo horizontal. Solo devolviendo el protagonismo a la comunidad y al respeto mutuo podremos rescatar el proyecto plurinacional y construir un país verdadero.

Santos Diamantino
23 de julio de 2026