sábado, 15 de agosto de 2026

¿Todo es cultura?: Una mirada a lo que somos y transmitimos

Por:  Santos Diamantino

15 de agosto de 2025


Cuando pienso en la palabra cultura, lo primero que me viene a la cabeza son las reglas, las normas, las creencias, las ideas, los mitos, las costumbres y las formas de entender la vida. Son conocimientos que, de una u otra manera, orientan nuestra existencia. Cada persona aprende desde pequeña cómo hablar, cómo comportarse, qué respetar, qué valorar y cómo relacionarse con los demás y con su entorno. En ese sentido, la cultura está presente en nuestra vida cotidiana, aunque muchas veces no nos demos cuenta.

Cada cultura tiene su propia manera de ver y entender el mundo. Por eso hablamos de diversidad cultural. Las culturas construyen y comparten símbolos, signos y significados que permiten a las personas reconocerse como parte de una comunidad. Para comprender todo esto podemos recurrir a la antropología, la arqueología, la sociología, la política, el arte y otras áreas del conocimiento. Sería imposible abordar todas estas miradas en un solo texto, pero sí podemos detenernos a pensar qué entendemos por cultura.

La palabra cultura tiene algo curioso: es extraña cuando intentamos definirla, pero familiar cuando la escuchamos. La encontramos en la televisión, la radio, la universidad, las instituciones públicas y en las conversaciones cotidianas. Sin embargo, cuando preguntamos qué es exactamente la cultura, aparecen muchas respuestas. Para algunos, cultura es prácticamente todo; para otros, tiene características específicas. Hay quienes la relacionan principalmente con el baile, la música, el arte, la gastronomía o las tradiciones. Esta variedad de respuestas demuestra que estamos frente a un concepto amplio y difícil de encerrar en una sola definición.

Desde mi manera de entenderla, la cultura es, sobre todo, una forma de transmitir conocimientos y maneras de vivir de una generación a otra. Esa transmisión puede ser material, pero también espiritual. Se expresa en la lengua, en los aprendizajes, en las costumbres, en los valores, en las creencias y en los conocimientos que una sociedad desarrolla sobre el lugar donde vive.

En los Andes, por ejemplo, esta relación puede comprenderse desde una visión en la que la naturaleza, los animales y el ser humano forman parte de una misma realidad. No se trata simplemente de elementos separados, sino de una relación de interdependencia. Desde esta perspectiva, podemos hablar de una relación entre ser humano y naturaleza, o incluso de una dimensión biocultural de la vida. La cultura, entonces, no solamente nos dice cómo vivir entre personas, sino también cómo nos relacionamos con nuestro entorno.

Esto permite entender que la cultura ha sido fundamental para la supervivencia humana. Gracias a ella, las sociedades han aprendido a adaptarse a diferentes territorios, enfrentar dificultades, organizarse y transmitir conocimientos. También nos permite acercarnos a otras formas de entender el mundo y reconocer que nuestra manera de pensar no es la única posible.

Sin embargo, aquí aparece una cuestión que me parece importante. Algunos autores han definido la cultura de una manera tan amplia que prácticamente todo lo que hace el ser humano puede ser considerado cultura. Desde esta perspectiva, el alfabeto es cultura, pero también lo es la música; un libro es cultura, pero también una determinada forma de violencia; un descubrimiento científico es cultura, pero también lo puede ser la creación de una bomba atómica.

Entonces aparece una pregunta que considero necesaria: ¿todo lo que produce el ser humano debería ser considerado cultura simplemente porque es una creación social?

Esta pregunta resulta especialmente importante cuando escuchamos expresiones como “cultura de la violencia”, “cultura de la corrupción”, “cultura del crimen” o “cultura del narcotráfico”. Muchas veces se afirma que estas prácticas “no son estilos de vida, sino culturas”. Pero aquí vale la pena detenernos. ¿Qué significa realmente llamar cultura a estas formas de vida? ¿El concepto de cultura debería tener también una dimensión ética? ¿Todo aquello que una sociedad crea y reproduce debe ser aceptado como cultura?

Desde mi punto de vista, aquí existe un problema. Cuando llamamos cultura a cualquier práctica social, corremos el riesgo de vaciar de contenido la propia palabra. Si todo es cultura, entonces la palabra termina diciendo muy poco. La cultura puede explicar comportamientos, pero también debería permitirnos reflexionar sobre aquello que una sociedad valora, transmite y considera digno de preservar.

Por eso considero que actualmente existe una cierta saturación del término cultura. Cultura puede terminar siendo cualquier cosa que lleve ese nombre: un festival, una película, una comida, un baile, una obra de teatro, una costumbre, un juego antiguo o una actividad artística. Todas estas expresiones pueden formar parte de la cultura, por supuesto, pero la cultura no debería reducirse solamente a ellas.

Para mí, la cultura también es un mecanismo mediante el cual las sociedades crean, producen y transmiten significados. Pero para que una expresión cultural tenga continuidad necesita ser reconocida y valorada por la propia sociedad. Algunas veces ese reconocimiento es institucional y aparece en leyes, políticas públicas, museos, universidades o centros culturales. Otras veces ocurre de manera más sencilla y cotidiana, mediante la costumbre y la transmisión de una generación a otra.

Por ejemplo, el teatro, la música, el deporte, la historia, las universidades, los museos y otras instituciones ayudan a conservar, transmitir y transformar conocimientos y expresiones culturales. No crean por sí solas una cultura, pero pueden contribuir a que determinadas manifestaciones sean reconocidas, protegidas y transmitidas.

Desde la antropología se habla también de patrimonio cultural inmaterial, que comprende conocimientos, tradiciones, prácticas, lenguas, música, relatos, rituales, técnicas artesanales y otras expresiones que se transmiten entre generaciones. Su importancia está precisamente en que no son objetos estáticos: son prácticas vivas que cambian con el tiempo y que continúan teniendo significado para las personas.

Aquí la antropología tiene mucho que aportar. A través de la etnografía podemos acercarnos a la vida cotidiana de las comunidades, escuchar sus historias, comprender sus prácticas y reconocer diferentes maneras de ver el mundo. Esto puede fortalecer el diálogo intercultural y ayudarnos a entender que la diversidad no significa simplemente que existan muchas culturas, sino que existen muchas maneras legítimas de comprender y vivir la realidad.

También existe el patrimonio material: la arquitectura, los sitios arqueológicos, los objetos, la vestimenta, las herramientas, las obras de arte y otros elementos que permiten conocer la historia y la forma de vida de una sociedad. Lo material y lo inmaterial, sin embargo, no están separados. Una pieza arqueológica, por ejemplo, puede tener un valor material, pero también puede guardar una historia, una memoria y un significado para una comunidad.

Por eso, cuando hablamos de cultura, debemos reconocer que existen diferentes dimensiones: historia, memoria, lenguaje, tradición, clase social, economía, consumo, tecnología, cibercultura, subculturas y contraculturas, entre muchas otras. La cultura no es algo detenido en el pasado. Se transforma constantemente porque las sociedades también cambian.

Finalmente, creo que trabajar con la cultura requiere algo más que organizar actividades. Requiere escuchar, conocer, planificar y construir objetivos comunes. Si una organización, institución o comunidad quiere fortalecer su cultura, necesita generar estrategias, planes, normas, principios y formas de participación que tengan sentido para las personas que la integran.

No se trata simplemente de ponerle el nombre de “cultural” a una actividad. Se trata de preguntarnos qué estamos transmitiendo, para qué lo hacemos, qué valores estamos promoviendo y qué queremos dejar a las siguientes generaciones.

En ese sentido, entiendo la cultura como una herencia viva. Es aquello que recibimos de quienes estuvieron antes, pero también aquello que nosotros transformamos y dejamos a quienes vendrán después. Y si pensamos la cultura desde esa perspectiva, recuperamos nuevamente aquella relación fundamental entre naturaleza, animales y humanidad.

La cultura, entonces, no debería ser solamente lo que hacemos. También debería ayudarnos a preguntarnos cómo queremos vivir, qué queremos conservar y qué sociedad queremos construir.

15 de agosto de 2026

viernes, 14 de agosto de 2026

El nuevo campesinado ante el fraude Autor: Albó, Xavier

 


"Este recurso ha sido creado con mucho esfuerzo para que todos podamos beneficiarnos gratuitamente. Por favor, evita lucrar con el trabajo ajeno o redistribuirlo como propio; al hacerlo, pones en riesgo que sigamos compartiendo material de valor para la comunidad."
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jueves, 13 de agosto de 2026

Fondo Indigena, la Gran Estafa, Denuncias y Propuestas desde los pueblos indígenas. Autor Manuel Morales

¿Justicia social o la eterna trampa del clientelismo estatal?
Cuando escuchamos hablar de corrupción pública, muchas veces nos desconectamos. Nos suena a discursos aburridos de políticos en televisión y a cifras con demasiados ceros que se sienten ajenas. Sin embargo, el caso del Fondo Indígena y el demoledor informe "Fondo Indígena: La Gran Estafa" no es un escándalo financiero más; es una radiografía de cómo las estructuras de poder siguen utilizando el dinero público como una herramienta de control, cooptación y chantaje contra las comunidades originarias.
Para nuestra generación, que ha crecido cuestionando los discursos oficiales y exigiendo transparencia real, este tema es crucial. No se trata solo de dinero desviado; se trata de cómo el clientelismo partidario intenta romper la autonomía y el tejido social de los pueblos indígenas, debilitando su lucha histórica por la libre determinación. Los recursos que debieron financiar proyectos de salud, educación y desarrollo sostenible en los territorios terminaron, en muchos casos, convertidos en el precio de la lealtad política.
El verdadero reto para la juventud activista y consciente es romper el silencio y llevar este debate a las calles y a las redes sociales. No podemos ser espectadores. Necesitamos exigir datos claros, contrastar la evidencia de los desfalcos y, sobre todo, amplificar las voces de los líderes orgánicos que han sido perseguidos por denunciar estos abusos. democratizar esta información es el primer paso para hackear un sistema que se alimenta de la opacidad.
Debemos incomodar al poder con las preguntas correctas: 
¿Cómo operan realmente estas redes de instrumentalización política en los territorios Indígena Originario y Campesino? 
¿Cómo creen que se podría garantizar una gestión más transparente del Fondo Indígena? 
¿Qué mecanismos de control comunitario y fiscalización digital proponen las bases para que esto nunca vuelva a pasar? 
¿Cómo podemos involucrarnos de manera solidaria en apoyar las propuestas de las comunidades?
Apoyar de forma solidaria la demanda de rendición de cuentas de los pueblos originarios no es un acto de caridad, es una obligación generacional para construir una sociedad verdaderamente justa y descolonizada. La transparencia no se tiene que negociar.



Aquí descarga el Texto:

miércoles, 12 de agosto de 2026

Cultura política de la democracia en Bolivia. 20 años.


"Este recurso ha sido creado con mucho esfuerzo para que todos podamos beneficiarnos gratuitamente. Por favor, evita lucrar con el trabajo ajeno o redistribuirlo como propio; al hacerlo, pones en riesgo que sigamos compartiendo material de valor para la comunidad."

lunes, 10 de agosto de 2026

Ciencia, política y cientificismo Oscar Varsavsky

 Oscar Varsavsky, matemático argentino (1920-1976), criticaba el cientificismo como una ciencia adaptada al mercado que ignora los problemas sociales y políticos.

Pero ¿Por qué leer este texto?
Hay varias razones de fondo.
Cuestiona la idea de que la ciencia es neutral. Varsavsky argumenta que toda actividad científica (qué se investiga, cómo y para qué) está atravesada por ideología y por el sistema social en el que se produce. Desmonta el mito de la “ciencia pura” desligada de la política y de los intereses económicos.
Señala cómo muchos científicos (especialmente en países dependientes) se adaptan a las normas y modas de los centros internacionales, priorizan su carrera y los papers, y renuncian a preocuparse por los problemas sociales reales de su entorno. Esa actitud, según él, convierte a la ciencia en algo funcional al sistema vigente.
Propone una ciencia comprometida. Llama a los científicos a usar sus herramientas para estudiar seriamente los problemas del cambio social y contribuir a transformar el sistema, en lugar de limitarse a reproducirlo. Es un llamado a una “ciencia politizada” al servicio de las necesidades locales, no de las agendas externas.
Sigue vigente. Más de 50 años después, el texto sigue siendo útil para pensar la dependencia tecnológica, el rol de la investigación en América Latina, la relación entre ciencia y poder, y si la ciencia actual responde más a intereses de mercado o a las necesidades de las mayorías.
En resumen, no es solo un texto histórico: es una invitación a pensar críticamente el sentido social de la ciencia y el compromiso (o la falta de él) de quienes la hacen.

"Este recurso ha sido creado con mucho esfuerzo para que todos podamos beneficiarnos gratuitamente. Por favor, evita lucrar con el trabajo ajeno o redistribuirlo como propio; al hacerlo, pones en riesgo que sigamos compartiendo material de valor para la comunidad."

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