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Profesional de la cultura con amplia trayectoria como gestor y asesor en temas culturales, especializado en la preservación del patrimonio material e inmaterial. Experto en el diseño y ejecución de proyectos educativos y políticos, cuenta con una sólida experiencia como docente universitario en las facultades de Educación, Historia, Sociología, Filosofía, Ciencia Política y Ciencias de la Comunicación Social. Para consultas profesionales, puede ser contactado vía email: santosdtno@gmail.com
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¿Qué se pierde realmente cuando una palabra se extingue? ¿Muere solo un sonido o se apaga una forma entera de entender el universo? Estas preguntas, de profundo calado filosófico y antropológico, cobran una vigencia urgente tras la publicación de Las lenguas chibchas de Centroamérica en la obra de Walter Lehmann, un exhaustivo estudio crítico editado por la Universidad de Costa Rica.
El texto “Diluvios andinos” de Lorenzo Huertas Vallejos es una investigación histórica que estudia cómo los fenómenos naturales —especialmente las lluvias torrenciales, inundaciones y sequías asociadas al fenómeno de El Niño— han impactado en la vida social, económica y cultural de los Andes y la costa norte del Perú a lo largo de los siglos.
PODER INDIO: ¿Provocación o Alternativa Real?
https://youtu.be/4JJyAhspxLY?si=32VG-jXrgLCwAQHz
Por Santos Diamantino
18 de agosto de 2026
El verdadero trabajo antropológico no se hace desde la comodidad de un escritorio o revisando documentos en la ciudad. Requiere visitar el lugar, sentir su clima, caminar sus calles y sumergirse en su realidad para comprobar o rescatar un dato verídico. Con esa premisa, un equipo técnico y de investigación emprendió un viaje hacia La Joya, un emblemático pueblo minero ubicado en el departamento de Oruro, en pleno Altiplano de Bolivia.
La Joya, situada a una altitud de 3.736 metros sobre el nivel del mar, alberga a una población de aproximadamente 2.030 habitantes. Este rincón altiplánico se encuentra rodeado de una geografía imponente, muy cerca del pueblo de Chuquiña y de la vecina aldea de Jacha Phiti. Llegar hasta allí para levantar información social y cultural es una tarea imperativa, pero el pasado martes (18/08), la naturaleza decidió poner a prueba la resistencia del equipo con un escenario climático extremo.
La tormenta en la carretera
El viaje se inició temprano desde la ciudad de La Paz. Ese mismo día, un temporal implacable cubrió el occidente boliviano. Conforme se avanzaba en el trayecto hacia Oruro, una intensa e increíble nevada tiñó de blanco absoluto toda la carretera, reduciendo al mínimo la visibilidad y congelando el panorama. El frío calaba hasta los huesos y apenas era posible calentarse dentro del vehículo.
Los reportes oficiales del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) confirmaron la magnitud del evento, habiendo emitido previamente una alerta naranja por el ingreso de un frente frío extremo y precipitaciones sólidas. De hecho, los datos del Senamhi y los principales medios nacionales registraron acumulaciones de nieve de hasta 30 centímetros en el altiplano, provocando la suspensión de salidas en las terminales de buses de La Paz y Oruro debido al congelamiento de las plataformas y el alto riesgo en ruta.
El valor de la antropología en el terreno
Este viaje visibiliza de forma clara el rol del antropólogo en el campo y la profunda necesidad de estos profesionales en la sociedad actual. Para entender las dinámicas sociocomunitarias, los impactos ambientales y la preservación cultural, el especialista debe estar allí, interactuando cara a cara con la comunidad, sin importar si el termómetro marca temperaturas bajo cero. La antropología traduce la realidad de las poblaciones rurales para que los proyectos de desarrollo tengan un verdadero sentido humano y sostenible.
Sin embargo, este tipo de hazañas científicas y sociales nunca se logran en solitario. La recolección de este valioso dato técnico contó con el respaldo multidisciplinario y la inquebrantable compañía del ingeniero Javier Marín, Nelson Cahuasa, Franz Vega, y el resto de los comprometidos trabajadores de la consultora CYCMAS, quienes demostraron el valor del trabajo en equipo frente a las adversidades climáticas del Altiplano.
Para dimensionar el verdadero esfuerzo, las dificultades del camino y la belleza helada de la ruta altiplánica, a continuación les presentamos el video de todo el trayecto recorrido, el testimonio visual de cómo se desafía a la tormenta para rescatar la verdad en el campo
Por: Santos Diamantino
15 de agosto de 2025
Cuando pienso en la palabra cultura, lo primero que me viene a la cabeza son las reglas, las normas, las creencias, las ideas, los mitos, las costumbres y las formas de entender la vida. Son conocimientos que, de una u otra manera, orientan nuestra existencia. Cada persona aprende desde pequeña cómo hablar, cómo comportarse, qué respetar, qué valorar y cómo relacionarse con los demás y con su entorno. En ese sentido, la cultura está presente en nuestra vida cotidiana, aunque muchas veces no nos demos cuenta.
Cada cultura tiene su propia manera de ver y entender el mundo. Por eso hablamos de diversidad cultural. Las culturas construyen y comparten símbolos, signos y significados que permiten a las personas reconocerse como parte de una comunidad. Para comprender todo esto podemos recurrir a la antropología, la arqueología, la sociología, la política, el arte y otras áreas del conocimiento. Sería imposible abordar todas estas miradas en un solo texto, pero sí podemos detenernos a pensar qué entendemos por cultura.
La palabra cultura tiene algo curioso: es extraña cuando intentamos definirla, pero familiar cuando la escuchamos. La encontramos en la televisión, la radio, la universidad, las instituciones públicas y en las conversaciones cotidianas. Sin embargo, cuando preguntamos qué es exactamente la cultura, aparecen muchas respuestas. Para algunos, cultura es prácticamente todo; para otros, tiene características específicas. Hay quienes la relacionan principalmente con el baile, la música, el arte, la gastronomía o las tradiciones. Esta variedad de respuestas demuestra que estamos frente a un concepto amplio y difícil de encerrar en una sola definición.
Desde mi manera de entenderla, la cultura es, sobre todo, una forma de transmitir conocimientos y maneras de vivir de una generación a otra. Esa transmisión puede ser material, pero también espiritual. Se expresa en la lengua, en los aprendizajes, en las costumbres, en los valores, en las creencias y en los conocimientos que una sociedad desarrolla sobre el lugar donde vive.
En los Andes, por ejemplo, esta relación puede comprenderse desde una visión en la que la naturaleza, los animales y el ser humano forman parte de una misma realidad. No se trata simplemente de elementos separados, sino de una relación de interdependencia. Desde esta perspectiva, podemos hablar de una relación entre ser humano y naturaleza, o incluso de una dimensión biocultural de la vida. La cultura, entonces, no solamente nos dice cómo vivir entre personas, sino también cómo nos relacionamos con nuestro entorno.
Esto permite entender que la cultura ha sido fundamental para la supervivencia humana. Gracias a ella, las sociedades han aprendido a adaptarse a diferentes territorios, enfrentar dificultades, organizarse y transmitir conocimientos. También nos permite acercarnos a otras formas de entender el mundo y reconocer que nuestra manera de pensar no es la única posible.
Sin embargo, aquí aparece una cuestión que me parece importante. Algunos autores han definido la cultura de una manera tan amplia que prácticamente todo lo que hace el ser humano puede ser considerado cultura. Desde esta perspectiva, el alfabeto es cultura, pero también lo es la música; un libro es cultura, pero también una determinada forma de violencia; un descubrimiento científico es cultura, pero también lo puede ser la creación de una bomba atómica.
Entonces aparece una pregunta que considero necesaria: ¿todo lo que produce el ser humano debería ser considerado cultura simplemente porque es una creación social?
Esta pregunta resulta especialmente importante cuando escuchamos expresiones como “cultura de la violencia”, “cultura de la corrupción”, “cultura del crimen” o “cultura del narcotráfico”. Muchas veces se afirma que estas prácticas “no son estilos de vida, sino culturas”. Pero aquí vale la pena detenernos. ¿Qué significa realmente llamar cultura a estas formas de vida? ¿El concepto de cultura debería tener también una dimensión ética? ¿Todo aquello que una sociedad crea y reproduce debe ser aceptado como cultura?
Desde mi punto de vista, aquí existe un problema. Cuando llamamos cultura a cualquier práctica social, corremos el riesgo de vaciar de contenido la propia palabra. Si todo es cultura, entonces la palabra termina diciendo muy poco. La cultura puede explicar comportamientos, pero también debería permitirnos reflexionar sobre aquello que una sociedad valora, transmite y considera digno de preservar.
Por eso considero que actualmente existe una cierta saturación del término cultura. Cultura puede terminar siendo cualquier cosa que lleve ese nombre: un festival, una película, una comida, un baile, una obra de teatro, una costumbre, un juego antiguo o una actividad artística. Todas estas expresiones pueden formar parte de la cultura, por supuesto, pero la cultura no debería reducirse solamente a ellas.
Para mí, la cultura también es un mecanismo mediante el cual las sociedades crean, producen y transmiten significados. Pero para que una expresión cultural tenga continuidad necesita ser reconocida y valorada por la propia sociedad. Algunas veces ese reconocimiento es institucional y aparece en leyes, políticas públicas, museos, universidades o centros culturales. Otras veces ocurre de manera más sencilla y cotidiana, mediante la costumbre y la transmisión de una generación a otra.
Por ejemplo, el teatro, la música, el deporte, la historia, las universidades, los museos y otras instituciones ayudan a conservar, transmitir y transformar conocimientos y expresiones culturales. No crean por sí solas una cultura, pero pueden contribuir a que determinadas manifestaciones sean reconocidas, protegidas y transmitidas.
Desde la antropología se habla también de patrimonio cultural inmaterial, que comprende conocimientos, tradiciones, prácticas, lenguas, música, relatos, rituales, técnicas artesanales y otras expresiones que se transmiten entre generaciones. Su importancia está precisamente en que no son objetos estáticos: son prácticas vivas que cambian con el tiempo y que continúan teniendo significado para las personas.
Aquí la antropología tiene mucho que aportar. A través de la etnografía podemos acercarnos a la vida cotidiana de las comunidades, escuchar sus historias, comprender sus prácticas y reconocer diferentes maneras de ver el mundo. Esto puede fortalecer el diálogo intercultural y ayudarnos a entender que la diversidad no significa simplemente que existan muchas culturas, sino que existen muchas maneras legítimas de comprender y vivir la realidad.
También existe el patrimonio material: la arquitectura, los sitios arqueológicos, los objetos, la vestimenta, las herramientas, las obras de arte y otros elementos que permiten conocer la historia y la forma de vida de una sociedad. Lo material y lo inmaterial, sin embargo, no están separados. Una pieza arqueológica, por ejemplo, puede tener un valor material, pero también puede guardar una historia, una memoria y un significado para una comunidad.
Por eso, cuando hablamos de cultura, debemos reconocer que existen diferentes dimensiones: historia, memoria, lenguaje, tradición, clase social, economía, consumo, tecnología, cibercultura, subculturas y contraculturas, entre muchas otras. La cultura no es algo detenido en el pasado. Se transforma constantemente porque las sociedades también cambian.
Finalmente, creo que trabajar con la cultura requiere algo más que organizar actividades. Requiere escuchar, conocer, planificar y construir objetivos comunes. Si una organización, institución o comunidad quiere fortalecer su cultura, necesita generar estrategias, planes, normas, principios y formas de participación que tengan sentido para las personas que la integran.
No se trata simplemente de ponerle el nombre de “cultural” a una actividad. Se trata de preguntarnos qué estamos transmitiendo, para qué lo hacemos, qué valores estamos promoviendo y qué queremos dejar a las siguientes generaciones.
En ese sentido, entiendo la cultura como una herencia viva. Es aquello que recibimos de quienes estuvieron antes, pero también aquello que nosotros transformamos y dejamos a quienes vendrán después. Y si pensamos la cultura desde esa perspectiva, recuperamos nuevamente aquella relación fundamental entre naturaleza, animales y humanidad.
La cultura, entonces, no debería ser solamente lo que hacemos. También debería ayudarnos a preguntarnos cómo queremos vivir, qué queremos conservar y qué sociedad queremos construir.
15 de agosto de 2026
"Este recurso ha sido creado con mucho esfuerzo para que todos podamos beneficiarnos gratuitamente. Por favor, evita lucrar con el trabajo ajeno o redistribuirlo como propio; al hacerlo, pones en riesgo que sigamos compartiendo material de valor para la comunidad."
Oscar Varsavsky, matemático argentino (1920-1976), criticaba el cientificismo como una ciencia adaptada al mercado que ignora los problemas sociales y políticos.
"Este recurso ha sido creado con mucho esfuerzo para que todos podamos beneficiarnos gratuitamente. Por favor, evita lucrar con el trabajo ajeno o redistribuirlo como propio; al hacerlo, pones en riesgo que sigamos compartiendo material de valor para la comunidad."
Cuida el Link para que no se caiga, mejor comparte el blog así para que otros también disfruten del texto: https://drive.google.com/file/d/1U_5nPnK1nM9Y7rd7NU9pe6Z71AKaPFbE/view?usp=sharing
Saludos
Cuida el Link para que no se caiga, mejor comparte el blog así para que otros también disfruten del texto https://drive.google.com/file/d/1upDV0AFAEDS1vc7qcwynccAb93RZDzIr/view?usp=sharing
Saludos
"Este recurso ha sido creado con mucho esfuerzo para que todos podamos beneficiarnos gratuitamente. Por favor, evita lucrar con el trabajo ajeno o redistribuirlo como propio; al hacerlo, pones en riesgo que sigamos compartiendo material de valor para la comunidad."
Por: Santos Diamantino
04 de agostos de 2026
Existe un sector político y civil en Bolivia que, en momentos de crisis económica o reestructuración estatal, suele lanzar una frase tan lapidaria como miope: “LA CULTURA NO DA DE COMER; EL MINISTERIO DE CULTURAS ES UN GASTO INNECESARIO”. Reducir la gestión cultural a una dirección o un viceministerio subordinado a carteras como Educación o Economía no es un simple ahorro presupuestario; es un acto de amnesia institucional y una renuncia explícita a gestionar los conflictos más profundos de nuestra identidad.
En una nación cruzada por una profunda diversidad étnica e históricas asimetrías sociales, UN MINISTERIO CON RANGO PROPIO EN EL ÓRGANO EJECUTIVO NO ES UN ADORNO FOLCLÓRICO. Es el órgano rector indispensable para garantizar peso político, presupuesto independiente y capacidad de negociación directa al más alto nivel.
Como sociedad, esto nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda que quema en el debate público:
¿Puede Bolivia sostener un Estado Plurinacional pacífico, cohesionado y económicamente sostenible si desmantela el único escudo institucional diseñado para mediar los conflictos étnicos, proteger el patrimonio frente al extractivismo y dignificar las identidades históricamente oprimidas?
Para responder a este interrogante, debemos despojarnos de la mirada idílica de la cultura como un simple "espectáculo de bailes" y analizarla desde la antropología social: como una arena viva donde la economía de supervivencia, la legislación y la memoria colectiva chocan de frente.
Ejemplo: El colapso del Cerro Rico de Potosí
El dilema de la Ciudad de Potosí (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1987) responde directamente a nuestra pregunta crucial. Considerado el mayor complejo industrial del siglo XVI, su declaratoria abarca la Casa de la Moneda, las iglesias barrocas, las lagunas coloniales y, en su corazón, el Sumaj Orcko (Cerro Rico), símbolo de nuestra identidad plasmado en el escudo nacional.
Sin embargo, el cerro padece una contradicción estructural: su mayor riqueza histórica es hoy su principal condena. Desde 2014, Potosí ingresó en la Lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro debido al riesgo inminente de degradación geomorfológica y los severos hundimientos en su cima.
Aquí el problema trasciende lo geológico. La preservación de la piedra colisiona frontalmente con una economía de subsistencia fuertemente arraigada. Miles de familias organizadas en cooperativas mineras ejercen un notable poder político y defienden su derecho al trabajo basándose en una tradición minera de siglos. A pesar de que el Decreto Supremo 27787 prohíbe las operaciones por encima de la cota 4,400 para proteger la cúspide, la fiscalización y reubicación efectiva de los mineros artesanales sigue siendo un desafío institucional crítico.
Los proyectos de mitigación, como el relleno técnico con mezclas de cemento y poliuretano, funcionan como paliativos temporales sobre un patrimonio que se desmorona debido a la incesante actividad de los socavones internos. Sin un Ministerio de Culturas con rango y peso político propio para negociar con el sector minero y la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) bajo el paraguas de la Ley N° 530 del Patrimonio Cultural Boliviano, la solución técnica es inviable. Destruir la institucionalidad cultural es condenar a Potosí a perder su historia a manos de la necesidad económica urgente.
Otro ejemplo Tiwanaku
A unos 400 kilómetros de la crisis potosina, el Centro Espiritual y Político de la Cultura Tiwanaku (Patrimonio UNESCO desde el 2000) nos muestra la otra cara de la moneda: un giro metodológico y político fundamental en la gestión del patrimonio material en Bolivia.
Durante el siglo XX, Tiwanaku operó bajo una lógica extractivista tradicional: arqueólogos urbanos o extranjeros excavaban el sitio, trasladaban los bienes muebles a museos centralizados y relegaban a las poblaciones locales a ser mera mano de obra barata. El advenimiento del Estado Plurinacional transformó esta dinámica mediante un modelo de gestión participativa y comunitaria:
Institucionalidad Compartida: La administración del sitio recae en el Centro de Investigaciones Arqueológicas, Antropológicas y Administración de Tiwanaku (CIAAAT).
Gobernanza Horizontal: El directorio del CIAAAT estaba compuesto de forma tripartita por el Ministerio de Culturas, el Gobierno Autónomo Municipal de Tiwanaku y las 23 comunidades originarias de la región, articuladas bajo el Consejo de Ayllus y Comunidades Originarias de Tiwanaku.
Redistribución del Excedente: Los ingresos económicos generados por la taquilla turística se reinvierten directamente en las comunidades para financiar proyectos de desarrollo local, salud, educación e infraestructura.
Este modelo logra que el patrimonio material deje de percibirse como una imposición o restricción estatal, transformándose en un motor de desarrollo socioeconómico regional y un baluarte de orgullo identitario. Tiwanaku demuestra que la cultura sí da de comer cuando se gestiona con un enfoque descolonizador.
Ahora, una reflexión sobre el Patrimonio Inmaterial como trinchera social
Finalmente, la pregunta crucial se responde en las calles. Al amparo de la Ley N° 530, las manifestaciones inmateriales son catalogadas en Bolivia como propiedad colectiva, de carácter inalienable, inembargable e imprescriptible. Estas expresiones no son adornos de calendario; constituyen el tejido social vivo que evita que un país con múltiples tensiones geográficas e identitarias se fragmente de forma violenta.
Bolivia se consolida como una potencia global en la salvaguardia de sus tradiciones, acumulando importantes reconocimientos oficiales en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO:
El Carnaval de Oruro (2008): Una síntesis viva de devoción católica, sincretismo andino y memoria histórica dancística.
La Cosmovisión Andina de los Kallawayas (2008): Saberes médicos ancestrales y farmacopea botánica en la provincia Bautista Saavedra.
Músicas y Danzas de la Cultura Yampara: El Pujllay y el Ayarichi (2014): Expresiones de Chuquisaca ligadas al ciclo agrícola y la conmemoración de los antepasados.
Recorridos Rituales en La Paz durante la Alasita (2017): La miniatura y la fe en el Ekeko como un sistema de intercambio social basado en la reciprocidad.
Festividad del Señor Jesús del Gran Poder (2019): Expresión folclórica que visibiliza el ascenso económico y político del mestizaje aimara urbano paceño.
Fiesta Grande de Tarija (2021) y los Ch'utillos de Potosí: Manifestaciones religiosas y dancísticas que cohesionan el tejido social de las regiones del sur y del altiplano.
Ichapekene Piesta (San Ignacio de Moxos): Celebración sincrética de las tierras bajas (Beni) que salvaguarda la memoria indígena moxeña.
Para operar de manera técnica frente a riesgos como la mercantilización, el plagio internacional o la distorsión ritual, el Ministerio tendría la misión de aplicar el Manual para la Elaboración del Plan de Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial, estructurado en tres fases metodológicas estrictas: Registro, Inventario y Catalogación, pero bueno no sé eso en que queda al final
Como ciudadanos de a pie, nos toca sentarnos a debatir sobre el país que estamos construyendo. Les propongo tres preguntas cruciales que no admiten respuestas fáciles:
¿Qué pesa más en la balanza de nuestra moral colectiva? Si de ti dependiera la decisión, ¿qué salvarías primero: la silueta histórica del Cerro Rico de Potosí para cumplir con los estándares internacionales de la UNESCO, o el pan de cada día de las miles de familias mineras que trabajan en sus socavones?
Cuando vemos una danza boliviana en un escenario internacional o radicalmente modificada por la juventud en el Gran Poder, ¿estamos presenciando la "pérdida de la tradición" o estamos viendo al patrimonio inmaterial respirando, mutando y manteniéndose vivo en el presente?
Si el modelo de co-gestión comunitaria de Tiwanaku funciona con tanto éxito para frenar el saqueo arqueológico y generar ingresos locales, ¿por qué el Estado y los gobiernos locales tardan tanto en replicar esta misma fórmula en el resto de los sitios patrimoniales del país?
No todo es criticar qué tal estas propuestas
El patrimonio no se defiende solo con discursos ni con la clausura de oficinas. Exige políticas públicas aterrizadas, sensibles y valientes que el Ministerio de Culturas debe liderar:
En lugar de estigmatizar al minero cooperativista como el "destructor" del patrimonio de Potosí, se le debe integrar como el protagonista de circuitos turísticos vivenciales y culturales controlados. Es urgente que las cooperativas diversifiquen sus ingresos mostrando la enorme riqueza inmaterial del subsuelo (el culto al Tío, los rituales de interior mina), disminuyendo la necesidad de perforar agresivamente las zonas críticas de la cima.
Implementar un fondo estatal financiado por regalías mineras e impuestos turísticos, destinado exclusivamente a capacitar y financiar nuevos emprendimientos sustentables (artesanía, servicios, gastronomía local) para los mineros que acepten abandonar la cota 4,400. No se puede exigir el cumplimiento de la ley sin poner alternativas reales sobre la mesa de los hogares potosinos.
Crear comités de salvaguardia de carácter tripartito donde los dirigentes sociales locales, los municipios y el Ministerio de Culturas tengan voz y voto por igual. Cuando las bases sociales se vuelven guardianas de su propia historia porque ven un beneficio tangible en ello, el patrimonio sobrevive de forma orgánica.
Algunas ideas finales
El contraste entre Potosí y Tiwanaku nos ofrece una lección institucional fundamental: las sociedades humanas no pueden proteger su pasado si el costo de dicha protección es condenar su presente material. Mientras Tiwanaku representa el éxito de la descolonización patrimonial (donde el monumento arqueológico genera desarrollo directo para sus descendientes legítimos), Potosí expone las profundas contradicciones de una herencia colonial extractivista que sigue operando como el único sustento económico de su población.
Prescindir de un Ministerio de Culturas en Bolivia es una miopía política de consecuencias críticas. En un territorio históricamente fragmentado por tensiones geográficas y heridas coloniales, esta cartera no es un lujo burocrático de tiempos de bonanza. Es la trinchera institucional indispensable encargada de garantizar que el pasado patrimonial y el presente material de los bolivianos puedan coexistir sin destruirse mutuamente.
Bueno es una pequeña reflexión amigos y amigas, sobre la cultura en nuestro país.
¿Qué opinan?