domingo, 7 de junio de 2026

Ensayo de Opinión: La paradoja del torniquete en Bolivia

 La paradoja del torniquete en Bolivia



Santos Diamantino

07 de julio del 2026


El año 2026 marcará un antes y un después en la historia contemporánea de Bolivia. El país asiste al agotamiento definitivo del Modelo Económico Social Comunitario Productivo, un esquema estatista que basó su éxito en el superciclo de las materias primas y que hoy, ante el declive terminal de la producción de gas natural, se ha quedado sin combustible financiero. La respuesta de la administración del presidente Rodrigo Paz Pereira no se ha hecho esperar: un giro drástico hacia reformas de flexibilización aduanera, alivio fiscal y endeudamiento multilateral.

Sin embargo, este viraje técnico se enfrenta a una realidad social explosiva, planteando una interrogante de supervivencia: ¿pueden las reformas de mercado salvar una gobernabilidad que se desangra en las carreteras?


              LA ENCRUCIJADA BOLIVIANA (2026)

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   URGENCIA ECONÓMICA                        ASFIXIA POLÍTICA

- Déficit por subsidios (Decreto 5503)   - Más de 5 semanas de bloqueos (COB)

- Recesión proyectada FMI: -3.3%         - Veto de créditos en el Congreso

- Inflación proyectada: 20.7%            - Pérdidas por más de $us 1.900M


El principal detonante de la actual crisis política fue una medida de estricta necesidad aritmética: el Decreto Supremo 5503. Sostener la subvención a los hidrocarburos importados —en un contexto de escasez de dólares y reservas internacionales en mínimos históricos— se volvió fiscalmente insostenible. Al elevar la gasolina regulada de Bs 3,74 a Bs 6,96 por litro, el Ejecutivo intentó aplicar un torniquete al déficit público. Pero en Bolivia, la economía nunca viaja sola; viaja en el transporte público y en los camiones que abastecen los mercados. El ajuste encendió la mecha de una movilización masiva liderada por la Central Obrera Boliviana (COB) y sindicatos agrarios, transmutando una demanda sectorial en una exigencia radical de renuncia presidencial.

Frente a este asedio logístico que estrangula al occidente del país —con pérdidas que superan los 1.900 millones de dólares y un encarecimiento de la canasta básica que registra incrementos distópicos de hasta el 1.000% en verduras esenciales—, el Gobierno ha diseñado una estrategia de pacificación mediante el pragmatismo económico. El paquete normativo que incluye el Arancel Cero para la importación de tecnología (Decreto 5518), la Ley de Alivio Tributario (Ley 1733) y la fijación de cupos de dólares mínimos por la ASFI no son meras políticas de desarrollo; son herramientas de disección política. El objetivo implícito es desmovilizar al poderoso sector gremial y comercial urbano de La Paz y El Alto, ofreciéndoles incentivos fiscales directos para romper la unidad del bloque de protesta y aislar a los sectores rurales más radicales.

No obstante, la efectividad de este salvavidas económico se topa con un muro insalvable en la Asamblea Legislativa Plurinacional. El veto de la oposición a la ratificación del megacrédito de 4.500 millones de dólares pactado con el BID demuestra que el Congreso boliviano opera bajo la lógica del desgaste absoluto. Al bloquear el ingreso de divisas frescas, las bancadas opositoras profundizan deliberadamente la asfixia financiera del Ejecutivo, sin importar el costo inflacionario que el ciudadano de a pie debe pagar en los mercados populares, donde conseguir un kilo de pollo se ha convertido en una odisea de filas estatales en EMAPA.

Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) para el cierre de año son contundentes: una inflación del 20.7% y una recesión del -3.3% del PIB. Estas cifras no son fríos indicadores de gabinete; representan el riesgo real de una implosión social. Bolivia se encuentra en un escenario pre-estado de excepción donde los incentivos económicos de emergencia compiten contra el reloj del desabastecimiento urbano y la intervención militar de las carreteras.

En conclusión, la gestión de Rodrigo Paz Pereira ensaya un equilibrismo peligroso. El giro hacia la desregulación aduanera y el alivio fiscal es técnicamente coherente para dinamizar una economía sin dólares, pero carece de un pacto político que lo sostenga. Mientras el Congreso mantenga cerradas las compuertas del financiamiento externo y las carreteras continúen fragmentadas por el conflicto sindical, las reformas económicas corren el riesgo de ser medicina correcta aplicada a un paciente en estado de shock político. La resolución de la crisis boliviana ya no se encuentra en las fórmulas de los economistas, sino en la capacidad de reconstruir la paz social antes de que el torniquete fiscal termine por ahogar al propio Estado.

Bolivia es una nación cuya verdadera riqueza no está enterrada en los pozos de gas, sino en la inquebrantable capacidad de trabajo de su gente. Cada crisis estructural en nuestra historia ha sido el preámbulo de una profunda transformación y de un nuevo despertar. Hoy, el agotamiento de un modelo económico no representa el fin del camino, sino la oportunidad histórica de construir una economía más diversificada, moderna y sostenible.

El propio dinamismo de los sectores comerciales, la capacidad de adaptación de los productores y el espíritu emprendedor que late en el eje urbano y rural son la prueba de que el motor de Bolivia sigue vivo. La urgencia del presente está obligando al país a mirar hacia el futuro: hacia la digitalización, la apertura de nuevos mercados, la eficiencia y el alivio para quienes producen.

Ningún bloqueo en las carreteras puede detener el potencial de un pueblo que sabe organizarse, que valora su tierra y que ha superado los ciclos más adversos de nuestra historia republicana. Cuando las tensiones políticas pasen, quedará lo que siempre ha sostenido a esta patria: la solidaridad de su gente, la riqueza de su diversidad y la certeza de que, tras cada noche de incertidumbre, Bolivia siempre encuentra la manera de ponerse de pie y caminar unida hacia el mañana.



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