Santos Diamantino
28 de octubre de 2026.
Es importante revalorizar nuestra cultura boliviana, especialmente las expresiones vivas de los pueblos originarios como el Yampara, en Chuquisaca. Su manera de comprender la muerte, los ancestros y la comunidad se expresa con singular fuerza en la festividad del Pujllay, particularmente en comunidades como Tarabuco.
En la cosmovisión andina, la muerte no se concibe como un final lineal, sino como un viaje o transición hacia el Ukhu Pacha, el mundo de abajo o de los espíritus, donde ocurre el reencuentro con los ancestros. Las qhamasas, también llamadas ayas, representan la energía, las almas o las fuerzas espirituales de los difuntos.
El mes de noviembre marca el inicio del Jallupacha, la época de lluvias y abundancia. En este periodo, se cree que las almas regresan a la Tierra para convivir con los vivos y contribuir a asegurar buenas cosechas. Así, la relación entre muertos y vivos no se entiende como separación, sino como una continuidad afectiva, ritual y productiva.
La Pukara: ofrenda y memoria colectiva
Las pukaras son estructuras ceremoniales que, en celebraciones cotidianas, no suelen superar los dos metros de altura. Sin embargo, en festividades mayores, como la Gran Pukara de Tarabuco, celebrada cada tercer domingo de marzo para cerrar el Pujllay, pueden alcanzar entre 10 y 15 metros, como se aprecia en las fotografías.
Tienen la forma de un gran altar o fortaleza, cubierta de productos agrícolas: hileras de papas, maíz, choclos, panes, carnes, quesos, frutas y flores. Funcionan como una ofrenda de agradecimiento a la Pachamama, la Madre Tierra, por su fertilidad, y también como homenaje a las almas de los caídos, especialmente en memoria de la Batalla de Jumbate de 1816.
Alrededor de la pukara se baila el Pujllay en círculos, acompañado por el sonido de los toclis y las tarcas. La danza no es únicamente una expresión festiva: es un acto ritual que vincula a la comunidad con sus ancestros, su territorio y su memoria histórica.
Los rituales funerarios actuales
Antiguamente, los Yamparas utilizaban chullpas como espacios funerarios. En la actualidad, entierran a sus difuntos en cementerios comunitarios o católicos, adaptándose a las leyes vigentes y al sincretismo religioso. Aun así, el entierro andino conserva prácticas propias y profundamente significativas.
Al fallecido se lo vela y se lo acompaña con ropa, objetos personales, comida o herramientas. Puesto que la muerte es entendida como un paso hacia otro plano, el alma necesita provisiones para su largo viaje hacia el Ukhu Pacha.
Después del entierro, la familia lava toda la ropa del difunto en el río. Este acto simboliza la despedida del rastro físico y ayuda a que el alma no permanezca atrapada ni sufra en este mundo. Los ancianos del ayllu, la comunidad, dirigen los rezos y los discursos solemnes, en los que se recuerda la vida completa del fallecido frente a todos. De este modo se mantiene viva la genealogía oral y la memoria colectiva del pueblo.
El regreso de las almas
El 2 de noviembre, al mediodía, marca un antes y un después en el mundo Yampara. Es el día en que las almas las qhamasas o ayas, reciben permiso para descender a la Tierra. Antropológicamente, esta fecha inaugura oficialmente la época del Pujllay y del Carnaval.
El Pujllay no es solo diversión: es una danza ritual profundamente conectada con los muertos. En las casas no predomina la tristeza, sino una febril preparación. Se levantan altares o mesas con panes con forma humana las t'antawawas, chicha, frutas y los platos favoritos del difunto.
La comunidad recibe a las almas recorriendo casa por casa, rezando y cantando para alimentarlas y “atenderlas”, pues se considera que llegan sedientas y hambrientas tras su viaje espiritual.
La Pukara de muertos
Si durante el año fallece alguien del ayllu, su familia levanta una Pukara de muertos en noviembre, dentro o fuera de la casa. Es una estructura en forma de arco o trenza, adornada con las primeras flores del campo y productos agrícolas.
Esta ofrenda honra al alma recién llegada y expresa que su partida no ha dejado vacío, sino abundancia y unidad en el ayllu. Alrededor de ella también se baila el Pujllay, reforzando el vínculo entre los vivos, el difunto y la comunidad.
La Gran Pukara de marzo, En marzo, tras meses de lluvias y crecimiento de los cultivos, se realiza la Gran Pukara. Cada tercer domingo de este mes, la comunidad levanta una imponente estructura comunitaria que puede alcanzar hasta 15 metros de altura.
A diferencia de la pukara de noviembre, dedicada a un difunto individual, esta es una ofrenda monumental a la Pachamama y un homenaje masivo a todos los ancestros y guerreros caídos en la historia de la región, incluidos los de la Batalla de Jumbate.
Al finalizar la fiesta, la pukara se “desmanda”, es decir, se desarma, y todos los alimentos se reparten solidariamente entre la comunidad. Con este acto, las almas se despiden contentas y bendicen la tierra para el próximo ciclo agrícola. Así se cierra un ciclo sagrado en el que vivos y muertos conviven, se alimentan mutuamente y celebran la vida a través del baile.
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