El olor a gas lacrimógeno se impregna en la garganta mucho antes de divisar las rejas de fierro que hoy aíslan el Kilómetro Cero de Bolivia. En la tradicional calle Comercio, el silencio comercial se quiebra con el eco seco de petardos y el estallido esporádico de los “cachorros” de dinamita que los mineros cooperativistas hacen explotar contra el pavimento. La sede de Gobierno ha dejado de ser una ciudad para convertirse en un inmenso teatro de operaciones políticas y de supervivencia humana.
I. Las raíces del asfalto: El fantasma de la tierra y del bolsillo
Para entender la marea humana que hoy desciende desde la urbe alteña hacia el centro paceño, hay que desandar los últimos meses de una crisis que se cocinó a fuego lento. Todo estalló en abril con la Ley 1720. Promulgada por el presidente de centroderecha Rodrigo Paz Pereira, la norma prometía una titulación agraria voluntaria que, a ojos de las comunidades indígenas amazónicas y campesinas, no era más que un cheque en blanco para el latifundio agroindustrial.
Una caminata indígena de 28 días desde Pando encendió la mecha, pero el combustible real de este levantamiento fue, paradójicamente, la falta de combustible. Un escándalo por carburantes defectuosos que arruinó miles de motores en febrero, sumado al recorte de subsidios y a la escasez crónica de divisas implantada por la administración de Paz tras ganar el balotaje en 2025, unificó las demandas. Cuando la Central Obrera Boliviana (COB) decretó el paro general el pasado 1 de mayo, lo que comenzó como un reclamo salarial y agrario mutó rápidamente en una consigna radical: la renuncia del mandatario.
CRONOLOGÍA DE UNA ESCALADA (MAYO 2026)
1 de mayo: La COB decretó paro general indefinido.
12 de mayo: Inicia la "Marcha por la Vida" desde Caracollo (Oruro).
13 de mayo: El presidente Paz abroga la Ley 1720; los sectores evistas radicalizan el paro.
18 de mayo (hoy): La marcha entra a La Paz; fuertes disturbios y cerco total.
II. Voces del asfalto: "No hay qué vender, no hay cómo andar"
La crisis no se mide sólo en millones de dólares perdidos, sino en las miradas cansadas de quienes sostienen la economía del día a día. Caminar por el Mercado Rodríguez hoy es una experiencia sobrecogedora. Las tarimas de madera donde habitualmente se desbordan las papas nativas y las hortalizas de Río Abajo lucen desiertas.
Doña Asunta Mamani, una casera que lleva treinta años vendiendo verduras en este sector, limpia con un trapo húmedo su puesto vacío. Su testimonio condensa la impotencia del gremio:
"Llegué a las cuatro de la mañana esperando que algún camión hubiera burlado el bloqueo de Achica Arriba, pero no hay nada. Lo poco que queda guardado da miedo ofrecerlo. ¿Cómo le voy a decir a mis clientes de años que la cuartilla de papa ahora cuesta el triple? La gente me riñe, cree que yo me estoy aprovechando. El Gobierno abroga leyes tarde y los de la marcha no se van a ir hasta que caiga el presidente. Mientras ellos pelean arriba, nosotros morimos de hambre aquí abajo".
A pocas cuadras, cerca de la avenida Mariscal Santa Cruz, don Carlos Condori contempla su minibús detenido. Es chofer de la línea 231 y el desespero se dibuja en su rostro curtido por el sol del altiplano:
"Ya no es solo que trunquen las calles con piedras. Es que no hay gasolina limpia, y la poca que consigues te arruina el motor como pasó en febrero. Llevo tres días parado porque el cerco en Senkata no deja salir cisternas. Mi herramienta de trabajo es mi único sustento; pago diario al banco y tengo tres hijos en el colegio. Si no salgo a dar vueltas, mi familia no come. Nos dicen que aguantemos, pero el estómago no sabe de política".
III. La fractura del subsuelo: Dinamita contra diplomacia
En las últimas 48 horas, el Palacio Quemado operó a contrarreloj con una estrategia clásica: dividir para vencer. El Ministerio de Minería logró un acuerdo con la cúpula de la Federación de Cooperativas Mineras (Fencomin), congelando el precio de la pólvora y otorgando cupos preferenciales de diésel. Pero la etnografía de la calle muestra otra realidad. En la autopista que une El Alto con La Paz, los mineros de base de Oruro y del Trópico queman llantas y tildan de “traidores” a sus dirigentes. Siguen marchando.
Desde el Trópico de Cochabamba, la voz de Evo Morales resuena en las radios comunitarias, desmarcándose de las acusaciones fiscales de sedición pero capitalizando el descontento: "El problema ya no es una ley, es el modelo", repite. A nivel internacional, el tablero es un espejo de la polarización regional. Ocho países vecinos, encabezados por Argentina y Chile, firmaron una declaración de respaldo institucional a Rodrigo Paz, denunciando un intento de desestabilización democrática. En contraste, desde Colombia, Gustavo Petro define las movilizaciones como una "insurrección popular".
IV. La tarde del gas y la vigilia
Al caer la tarde de este lunes, las inmediaciones de la Plaza Murillo son un polvorín. El tradicional uniforme de gala de los Colorados de Bolivia ha sido reemplazado por cascos, escudos e indumentaria de campaña de la Policía Militar y contingentes antimotines. Los intentos de los manifestantes por romper las vallas en las calles Mercado y Colón provocaron una masiva descarga de gases lacrimógenos. El saldo preliminar de la jornada es doloroso: 47 detenidos, 14 policías heridos y decenas de civiles contusionados o asfixiados.
En la Asamblea Legislativa Plurinacional, los pasillos políticos arden. El intento del Ejecutivo de negociar un pacto nacional se estrella contra el ala radical evista, que exige adelantar las elecciones. Para complicar el panorama, el vicepresidente Edmand Lara marca distancia con el propio presidente Paz, criticando la dureza de la represión policial.
Al cerrarse esta jornada, La Paz no duerme. Miles de marchistas e indígenas se acomodan en las aceras del centro paceño, encendiendo fogatas improvisadas con cartones y maderas. La "Marcha por la Vida" ha llegado a su destino físico, pero el desenlace de esta crisis institucional sigue suspendido en el aire denso y frío del altiplano boliviano.
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