Quiero buscar un título alterno, Escudo Nacional de Bolivia como forma simbólica del poder: imaginario, ontología de la riqueza y razón política en el nacimiento del Estado republicano. Considero lo siguiente, sobre el texto de Nancy
La creación del Escudo Nacional de la República de Bolívar en 1825 y su reformulación en 1826 constituye un acto fundacional que trasciende el plano jurídico-administrativo para inscribirse en una dimensión más profunda: la de la constitución simbólica del poder político. En tanto forma visual de la soberanía, el escudo no solo representa al Estado, sino que lo hace existir en el orden de lo sensible y lo inteligible. Desde esta perspectiva, el símbolo patrio no es un simple reflejo de la realidad histórica, sino un operador ontológico, un dispositivo mediante el cual una comunidad política se imagina, se legitima y se proyecta en el tiempo.
Siguiendo la tradición inaugurada por la Escuela de Annales, el análisis del escudo exige situarse en el terreno de la larga duración, donde operan las mentalidades y los imaginarios colectivos que estructuran, muchas veces de manera inconsciente, las decisiones políticas. Como señaló Fernand Braudel, las sociedades no actúan únicamente en función de la racionalidad instrumental o del cálculo inmediato de intereses, sino conforme a imperativos no formulados, sedimentados en la memoria histórica y transmitidos a lo largo de generaciones. El escudo boliviano emerge precisamente de ese estrato profundo, donde convergen herencias prehispánicas, lógicas coloniales y aspiraciones republicanas.
En este sentido, la centralidad de los recursos naturales en la composición del escudo no puede ser entendida como una elección accidental ni como un déficit de creatividad simbólica. Por el contrario, expresa una ontología política de la riqueza, en la que el ser de la nación se define a partir de la posesión soberana de la naturaleza. El Cerro Rico de Potosí, la alpaca, el árbol del pan y el haz de trigo no son meros signos económicos, sino figuras metafísicas que condensan una concepción del mundo donde la tierra, el subsuelo y la vida natural aparecen como dones fundacionales, casi sagrados, que legitiman el orden político.
Esta sacralización de la riqueza natural hunde sus raíces en el imaginario mítico-religioso andino, donde los cerros, las minas y los animales no eran objetos inertes, sino entidades dotadas de agencia y poder. Sin embargo, lejos de ser superado por la modernidad republicana, este imaginario fue reconfigurado por la racionalidad mercantilista colonial, que tradujo lo sagrado en valor monetario, y posteriormente por el liberalismo decimonónico, que convirtió la naturaleza en capital nacional. El escudo, como síntesis visual, articula estas capas históricas aparentemente contradictorias, demostrando que la modernidad política latinoamericana no se construyó por ruptura radical, sino por resemantización de lo heredado.
Desde una perspectiva filosófica, puede afirmarse que el escudo opera como una alegoría del poder, en el sentido clásico y moderno del término. Como señalaba Walter Benjamin, la alegoría no busca la transparencia del significado, sino que revela la fractura entre lo visible y lo real. En el escudo boliviano, la alegoría de la abundancia natural oculta, al mismo tiempo que legitima, la continuidad de relaciones de dominación y exclusión. La nación se presenta como rica, fértil y prometedora, mientras se silencian las condiciones sociales de producción de esa riqueza y los sujetos históricamente despojados de ella.
Este mecanismo remite a lo que Michel Foucault denominó regímenes de verdad: sistemas simbólicos que definen qué puede ser dicho, visto y pensado como verdadero en una sociedad. El escudo instituye una verdad política fundamental: que la nación existe y se justifica por sus recursos. En consecuencia, el poder del Estado se presenta no como una construcción histórica contingente, sino como una emanación casi natural del territorio. De este modo, la soberanía deja de residir exclusivamente en el pueblo para desplazarse, simbólicamente, hacia la naturaleza misma.
La ausencia de figuras humanas indígenas en el escudo resulta especialmente reveladora. Aunque se incorporan símbolos de origen andino, estos aparecen despojados de sus sujetos históricos y reconfigurados como patrimonio del Estado. Esta operación simbólica constituye una forma de instrumentalización política del imaginario indígena, en la que lo indígena es incorporado como signo cultural o recurso natural, pero excluido como sujeto político. Se trata de una lógica profundamente colonial que, lejos de ser erradicada por la independencia, se reactualiza bajo nuevas formas republicanas.
Desde esta perspectiva, el escudo puede leerse como una manifestación temprana de lo que Aníbal Quijano conceptualizó como colonialidad del poder: la persistencia de estructuras de dominación que sobreviven a la desaparición formal del colonialismo. El Estado republicano boliviano se funda, así, sobre una paradoja constitutiva: proclama la libertad y la soberanía, pero reproduce una matriz extractiva y excluyente que limita el alcance real de ambas.
La permanencia del escudo a lo largo del tiempo —su resistencia a ser sustituido, su ratificación constitucional en 2009 y su vigencia simbólica en el Estado Plurinacional— confirma que los símbolos no sobreviven por inercia, sino porque continúan expresando sentidos profundos compartidos. El peso de la costumbre, al que aluden algunos críticos, no es sino la manifestación visible de una mentalidad que sigue concibiendo el desarrollo, la identidad y el futuro nacional en términos de explotación de recursos naturales. En este sentido, el escudo no es un vestigio anacrónico, sino un espejo incómodo de la continuidad histórica.
En conclusión, el Escudo Nacional de Bolivia debe ser interpretado como una forma simbólica del poder, en la que se articulan imaginario, memoria y razón política. Su análisis revela que la nación no se imaginó a sí misma primordialmente como comunidad de ciudadanos, sino como espacio de riqueza a ser administrada, defendida y explotada. Lejos de ser un error iconográfico, el escudo constituye un testimonio elocuente de la racionalidad política que presidió el nacimiento del Estado boliviano y que, bajo distintas retóricas, continúa estructurando su horizonte histórico. Comprender este símbolo implica, por tanto, interrogar no solo el pasado, sino las condiciones mismas de posibilidad del presente.