miércoles, 29 de julio de 2026

Saturación profesional: Títulos devaluados, sueldos mu bajos y el aval político como único empleo



Por Santos Diamantino

29/07/2026

Caminar hoy por El Prado, la Perez Velasco, la Plaza Eguino, o ver a gente por los cafés de Sopocachi no es solo cruzarse con una marea de jóvenes con currículum en sus manos; es presenciar el naufragio colectivo de una generación entera. La Paz se ha convertido, sin matices, en el epicentro y la viva imagen del desempleo profesional en Bolivia. En esta ciudad, el título universitario mutó de promesa de ascenso a una dolorosa condena de subempleo. Vivimos en una olla a presión donde miles de licenciados mendigan estabilidad en un mercado privado diminuto, canibalizándose entre sí en una humillante subasta a la baja donde siempre gana el empleador que ofrece menos.

El panorama es todavía más devastador y cruel para quienes optaron por las ciencias humanas, las ciencias sociales o la comunicación. Para ellos, el mercado laboral paceño es un desierto absoluto. Ramas enteras del conocimiento han sido borradas de la estructura productiva de las empresas privadas, reduciendo el horizonte de filósofos, sociólogos, historiadores o literatos a un único y saturado refugio: la docencia. Quien no logra acumular unas cuantas horas de cátedra mal pagadas en colegios o universidades, queda flotando en el limbo de la nada laboral, obligando a mentes brillantes a enterrar sus vocaciones para subsistir en el comercio informal o el transporte por aplicación.

Por otro lado, la mítica salida de la administración pública en la sede de gobierno se ha transformado en una maquinaria de humillación meritocrática. La verdad que todos callan en las aulas de Derecho, Economía o Ciencias Políticas es lapidaria: si no tienes un aval político, un padrino partidario o una militancia activa, no existes para el mercado estatal. El conocimiento técnico, el promedio académico y los años de quema de pestañas se arrodillan ante el amigo del partido. La Paz ha institucionalizado que para asegurar un escritorio en un ministerio o una entidad pública, pesa más la obediencia política que la competencia profesional. 

El talento sin padrino es un estorbo.

Esta asfixia generalizada ocurre en un contexto económico asolado por la escasez de divisas y una galopante inflación que pulveriza cualquier ingreso. Aunque mediante el D. S. Nº5516 el gobierno haya fijado el Salario Mínimo Nacional 3300 Bs., la realidad es que el sector privado formal responde congelando contrataciones o camuflando puestos profesionales bajo figuras de “consultorías externas” o pasantías eternas para evadir cargas sociales. Las pocas ofertas reales exigen maestrías, doctorados, idiomas y disponibilidad absoluta, además del tiempo mínimo de 5 años de experiencia laboral y todo por montos que insultan la dignidad humana, sabiendo que detrás del postulante que rechace la miseria hay una fila de cien desesperados dispuestos a aceptarla por cualquier pago.

La Paz no puede seguir sobreviviendo bajo el mito de ser el centro administrativo del país cuando en la práctica es la capital del desempleo ilustrado. Estamos expulsando a nuestra juventud más calificada hacia otros Departamentos o fuera de las fronteras, mientras los que se quedan se ven forzados a elegir entre la docencia de subsistencia, el subempleo informal o la degradación de rogar por un aval político para poder ejercer su profesión. Si la academia, las corporaciones y la clase política no frenan este desprecio por el intelecto, la sede de gobierno terminará habitada únicamente por la frustración de quienes creyeron que estudiar los haría libres, solo para descubrir que en La Paz, el conocimiento cotiza a precio de saldo.

 

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